Marc Larré

1+1=3, Galeria etHALL, Barcelona

En su primera exposición en la galería etHALL, Marc Larré ha trabajado sobre tres ejes-capas-gestualidades distintas que estructuran el contenido y el continente de la exposición. La primera es una intervención en el espacio de la galería que podríamos definir como una especie de derrumbamiento. Durante los siete años de funcionamiento de la galería en el local de la calle Joaquín Costa, el espacio expositivo ha estado condicionado por la existencia de una pared-muro medianera que ha dividido el espacio en dos mitades. Para esta exposición, el plano vertical de la pared ha descendido para ocupar el plano horizontal del suelo de la galería. Este pliegue o incisión en el espacio responde a un motivo recurrente en el trabajo del artista, el conflicto entre verticalidad y horizontalidad y como ésta estructura lo de dentro y lo de fuera, mundo y subjetividad. Podríamos entender el gesto como un acercamiento, un contacto entre dos superficies que anteriormente permanecían separadas por una perpendicular (si lo queremos decir de forma poética: pared y suelo se besan).

Este primer eje-intervención vertebra la colocación de las piezas en la exposición. La pared funciona de plataforma donde colocar lo que sería el segundo eje. Esta vez la escala se reduce a una serie de piezas realizadas en barro. El barro está hecho de partículas que provienen de la erosión de una roca (lo duro) por las fuerzas del viento, de la lluvia, por los cambios de temperatura. En él están el glaciar y el volcán y el agua, pero también están los restos humanos, prácticas olvidadas, supersticiones. Conjuga tal cantidad de campos semánticos que se podría decir que abarca la totalidad de lo existente, o que el mundo se resume en un bola de barro. Cada una de estas piezas que vemos encima de la plataforma es el resultado de un contacto o colisión entre la superficie del barro y el patrimonio cultural y material de la ciudad de Barcelona, sus edificios, sus paredes, el suelo; de nuevo un juego de relaciones entre lo simbólico y lo real. Lugares más o menos icónicos mordiendo el polvo, colisionando; volúmenes cargados de virtualidad física.

El tercer eje, son un conjunto de piezas en papel que exploran la cuestión del índice, ya presente en las piezas realizadas en barro pero llevado en este caso a un estado de paroxismo. El índice en este caso es el dedo, presionando cada centímetro cuadrado de una superficie de papel hasta que lo que hay debajo, aparece, queda grabado en su superficie. La escala esta vez se reduce al nivel de lo infraleve, lo imperceptible, el rastro que ha dejado la huella en la superficie del papel es apenas perceptible. Un mosaico de Pompeya, un megalito en un mantel desechable de un bar cualquiera, líquenes confundiéndose con una trama producida industrialmente, la sonrisa de un cráneo humano en una servilleta de papel.

Los tres ejes son el esqueleto, la carne y la piel de esta exposición.